martes, 4 de noviembre de 2014

Con los condicionales "habría que..." y "deberíamos de..." cada uno va escribiendo a lo largo de la vida su particular "Libro de intenciones muertas", una lista donde se van acumulando todos nuestros propósitos y deseos que nunca llevaremos a cabo por nuestra falta de determinación.

Cuando uno de nosotros dijo, mientras tomábamos algo en un bar, que Lisboa era uno de sus tantos viajes pendientes y que, además, sería el viaje ideal para que lo realizásemos juntos, pensé que se estaba escribiendo otro renglón más de ese libro de mi vida.

Dichosa equivocación la mía. Porque la realización de este viaje me ha demostrado que también puede courrir a veces que la declaración en voz alta de un deseo puede servir para establecer una alianza de voluntades con el fin de que ese deseo se cumpla. Qué grande es la satisfacción que sentimos cuando con nuestra voluntad somos capaces de consumar aquellos condicionales y convertirlos en un hecho real. Qué gratificante ha sido no sólo que hayamos hecho este viaje con vosotros, sino recorrer juntos el largo trecho que va del dicho al hecho.

Muito obrigado cunhados.

Madrugada del primer día.- Carretera, manta... y un madrugón de Guinnes. Poco después de las cinco de la mañana Sara y Jose nos recogían en casa para iniciar el viaje de ida a Lisboa.
El sueño no era un impedimento para estar contentos por el fin de semana que se nos presentaba.

Jose, a los mandos de su flamante Toyota Auris, condujo durante todo el tiempo, tanto a la ida como a la vuelta.

¡Ejem!... el copiloto.

La primera parada, para que el chófer y sus acompañantes estirásemos las piernas y, sobre todo, para desayunar la hicimos en tierras extremeñas.

Una segunda parada para volver a estirar las piernas y para que algunos se metiesen un segundo desayuno en las proximidades de Evora, ya en Portugal. Este monumento taurino nos sirvió de modelos para hacernos unas fotos.



Mañana del primer día.- Hacia el mediodía dejábamos el coche, con todo el equipaje, en un garaje de la plaza de Marqués de Pombal. Dedicamos la mañana a recorrer la glamourosa avenida da Liberdade, contemplar la praça Restauradores, adquirir nuestras Lisboa Cards y subir al Barrio Alto en el Elevador de la Gloria, para contemplar Lisboa por primera vez desde una de sus siete colinas, concretamente desde el mirador de São Pedro de Alcántara. En la rua da Rosa entramos en un restaurante del mismo nombre, donde comimos regular. Afortunadamente fue la única vez que elegimos mal. Además, debimos comer deprisa porque el dueño del apartamento ya nos esperaba allí para entregarnos la llave.
Además de las más importantes firmas comerciales, están ubicadas en esta avenida, construida por el Marqués de Pombal en la reconstrucción de la ciudad llevada a cabo tras el terremoto de 1755, sus bulevares están jalonados por diversos monumentos.

Esto nos hizo gracia por una cuestión que no viene al caso contar ahora, pero fácil de intuir.

Monumentos a las víctimas de la Gran Guerra.




Una singularidad lisboeta son sus elevadores. Este es el Elevador da Gloria, que tomamos para subir al barrio Alto a comer.


Y como se trataba de una singularidad lisboeta y nosotros habíamos asumido completamente que éramos unos guiris, le hicimos más fotos de la cuenta.

Y más fotos de la singularidad lisboeta, ahora dentro de ella.





Panorámica chapuza desde el mirador de São Pedro da Alcántara, con el Castelo de São Jorge al fondo. Muy cerca de allí estaba nuestro apartamento.


Aquí comimos el primer día. El sitio se llamaba Tasca da Rosa o algo así. No es que la comida estuviese mala, pero si nos supo un poco rara.


Tarde/noche del primer día.- Tras la comida, tomamos otra vez el Elvador da Gloria para bajar a Restauradores y, dejando a un lado la praça Rossio, llegar a la de Martín Moniz y subir hasta donde se encontraba nuestro apartamento, en la rua João do Outeiro. Aunque el aspecto exterior de los edificios en aquella zona (y el de alguno de sus moradores) echaba un poco para atrás, parece ser que eso es otra singularidad lisboeta. Nadie diría que estábamos en el centro de la capital de Portugal. La verdad es que el apartamento estaba totalmente reformado, muy limpio y confortable. Esta ''singularidad'' no la desaprovecharon nuestras fosforillas para hacer un poco de sorna.


Marián y Sara asomadas a la puerta del apartamento. Parece ser que anduvieron bastante entretenidas con el tránsito de la calle mientra Jose y yo fuimos a traernos el equipaje del coche.


A la caída de la tarde salíamos para iniciar nuestra segunda ruta lisboeta.

En Martín Moniz tomamos por primera vez la turística línea 28 del tranvía con idea de subir al mirador de Santa Lucía, en el barrio de la Alfama, para contemplar el propio barrio de la Alfama y la desembocadura del Tajo al anochecer.


Aquí ya estamos en lo alto del barrio de la Alfama, en el mirador de Santa Lucía. Allí hicimos unas cuantas fotos y nos tomamos una ''cerveja'' la mar de agusto.








Making-of del viaje.

Aunque nuestra ruta seguía los raíles de la mencionada línea 28, y dado que lo que seguía era cuesta abajo, preferimos ir haciéndola a pie, para recorrer así lo que nos quedaba de la Alfama y llegar a La Baixa, barrio noble y comercial, que se encuentra entre la Alfama y Chiado.

En nuestro descenso pasamos por la catedral de Lisboa, cerrada ya a aquellas horas, ante cuya fachada nos hicimos esta foto.

Entrada al comercial barrio de La Baixa.

La Baixa está presidida por la praça da Comercio y la peatonal y comercial rua Augusta, al fondo.

Seguimos nuestro camino por las cercanías de la orilla del Tajo, pasando de soslayo el barrio de Chiado, hasta llegar a otro de los elevadores emblemáticos de Lisboa: El Elevador de Bica. En el volveríamos al barrio Alto para disfrutarlo con más tranquilidad que por la mañana.


Buscábamos un sitio donde cenar con fado en directo y encontramos un sitio perfecto en ''Caldo Verde''. Buena comida, un local acogedor y varios cantantes de fado que nos amenizaron la cena. Fue nuestro homenaje gastronómico del viaje. Estábamos muy cansados, especialmente Jose (como era natural), así que tras la cena nos dimos un paseo por el barrio, tomamos el Elevador de la Gloria para bajar y nos fuimos a casa a dormir.

Mañana del segundo día.- La mañana del segundo día la dedicamos al barrio de Belem, lugar más alejada del centro al que se llega fácilmente en la línea 15 de tranvía.
Marián y Sara, como una más de aquel barrio, se toman una taza de café en pijama, nada más levantarse, sentadas en el banco que había junto a nuestro apartamento.

Desayuno en la plaza de Martín Moniz. Después nos dirigiríamos a la praça Figueira para coger el tranvía.

Aunque el barrio de Belem tiene varios atractivos turísticos, en lo monumental nuestra visita se iba a centrar en dos edificios: La Torre de Belem y el monasterio de los Jerónimos, ambos de estilo manuelino.


Aunque a lo largo de la historia se le ha dado varios usos, la torre de Belem es de origen eminentemente defensiva, como queda representado en los cañones apostados en sus troneras.








Tras la visita al monumento, una paradita para tomar una ''cervejita'', que el buen tiempo nos acompañó durante todo el viaje y en lo alto de la torre el sol nos pegó con gana.




Como a medio kilómetro de la torre se encuentra el Monumento de los Descubrimientos, lugar al que llegamos andando. Una impresionante mole de piedra, me parece recordar que de unos cincuenta metros de altura, y que rinde homenaje a los principales navegantes portugueses, con Vasco de Gama a la cabeza. Se nos echaba el tiempo encima y decidimos no subir, aunque si merodeamos por allí un ratito y vimos la gigantesca rosa de los vientos que hay a la planta del monumento, donde están representadas las principales rutas portuguesas de la esplendorosa época de los descubrimientos.

Nos cayó simpático este perrillo que humildemente ayuda a su amo a ganarse la vida pidiendo limosna en aquella zona.

Marián, Sara y Jose, ante el monasterio de los Jerónimos, con diferencia el monumento de mayor interés que íbamos a visitar durante nuestro viaje.

La anchura extraordinaria de la fachada del monasterio me ha obligado a montar esta panorámica distorsionada de ella.

El monasterio representa la obra cumbre del estilo manuelino y este el momento de máximo esplendor de Portugal, gracias a su preponderancia en la época de los descubrimientos. Todo el monumento es impresionante, pero quizás sea el claustro lo que más llama la atención del visitante.






Interior del templo monacal.

Comimos bastante bien en un restaurante de la zona de Belem. Estando por allí, había que perdonar el café y el postre para acercarnos a la célebre pastelería La Antiga y probar allí sus famosos Pasteis do Belem. No pudimos resistir la tentación de repetir. Allí dimos por concluida nuestra visita a Belem.

Tarde/noche del segundo día.- Declinamos algunas visitas que nos quedaban por hacer en Belem, como el museo de carruajes antiguos, y tomando el la línea 15 de tranvía en sentido inverso a la mañana fuimos hasta Cais do Sobre, donde tomamos un ferry para dar un paseo por el barrio de Casilhas, en la otra orilla de la desembocadura del Tajo. Luego, otra vez ferry y tranvías 15 y 28 para visitar el Castelo de São Jorge. Y tras pasar por el apartamento para ducharnos y arreglarnos un poco salimos a cenar en el Chapito.
Marián y Jose en el ferry que nos llevó a Casilhas.

En Casilhas encontramos este ''photocall'' irresistible.



Durante la travesía de regreso de Casilhas, el sol iba poniéndose tras el puente ''25 de Abril''.

Sobre las 8 de la tarde y tras nuestro regreso al centro de Lisboa y subir en el Tranvía 28 a la Alfama, buscamos el Castelo de São Jorge para visitarlo, quedando para el recuerdo de aquella visita estas fotos.

La Baixa y, al fondo, el puente ''25 de abril'' vistos desde el castillo.



Desde el momento en que Marián y Sara se asomaron al ''Chapito'' para fisgonear cómo era y se les antojó cenar allí, sabíamos que teníamos dos opciones: cenar en el Chapito o cenar en el Chapito. Elegimos cenar en el Chapito. El lugar tenía sus ventajas: estaba cerca de casa, era agradable, diferente, se comía bien y el regreso sería casi todo cuesta abajo. Sí, fue un acierto despedirnos de Lisboa cenando y tomándonos una copa allí.

Ultimo día, en Sintra.- Sintra tiene mucho que ver, pero a nosotros prácticamente sólo nos quedaba tiempo para visitar el Palacio da Pena, una edificación mandada a reconstruir por el rey Manuel I como su palacio real. Después de la visita, apenas nos quedó tiempo para buscar un lugar donde comer y darnos una vuelta por un gran mercado ambulante, donde hicimos algunas compras de productos de la tierra (quesos, pan, dulces). Pasadas las cuatro de la tarde dábamos por concluida nuestra visita e iniciábamos el camino de regreso a Córdoba.





Panorámicas Samsung.







La suerte quiso que el lugar que elegimos para comer en Sintra también fuese de nuestro agrado.


Selfie para la posteridad.

Unas compritas y para casa.

Aunque debimos dar un pequeño rodeo, quisimos darnos el gusto de salir de Lisboa por el puente Vasco de Gama, una colosal obra de ingeniería que mide unos 17 kilómetros, casi diez de ellos sobre el río Tajo. Nos quedaban unas cuantas horas de carretera, que Jose volvió a chuparse al volante de su coche. En el viaje de regreso sólo paramos una vez, para cenar ya en España, otra vez en tierras extremeñas,


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