martes, 30 de abril de 2019


30 de abril de 2.019
Hace falta la fe de una mujer para concebir ese plan (W. Mason).

El destino es frívolo, no tiene consideración, no entiende de razones ni de sentimientos y nos sonríe o nos hace llorar según le da. Nada nos hace sentirnos tan vulnerables y temerosos como él.
Como en un laberinto, nosotros decidimos por dónde tirar en cada encrucijada; pero estamos obligados a decidir sin vislumbres, a ciegas, fiándonos de nuestra intuición, como un acto obligado de fé o dejándonos llevar por la percepción de una señal que quizás no es tal: un rayito de luz que se filtra por una rendija al fondo de una de las galerías, la procedencia de una leve brisa o el eco de lo que creemos ser un sonido familiar. Quimeras y sueños, anhelos y esperanzas nos mueven a tomar una decisión que tardaremos en saber si fue para nuestro bien, una decisión que quizás nunca llegaremos a saber si fue la mejor que pudimos haber adoptado. Los únicos riesgos del laberinto no son los derivados de la desorientación, de la imposibilidad de saber a ciencia cierta hacia dónde está la salida más propicia. El minotauro es una alegoría que se transfigura en cada uno de los diversos peligros que encierra el laberinto.
Pero, ¡qué gran ejercicio de libertad, de responsabilidad, es elegir el camino a seguir! No sabemos qué nos espera, vamos hacia un horizonte que no vemos ni conocemos, un horizonte que, de momento, sólo existe en nuestra cabeza, pero es al que conduce el camino que hemos elegido nosotros.
Salima, la de las decisiones preclaras, la madre de todos los denuedos, mujer sin par cuya capacidad de discernimiento nos supera a todos en tino y arrojo, ha vuelto a ponerse en mano de los hados; y se ha adentrado de nuevo en el laberinto en busca de una nueva salida, una nueva vida, más aliviada que la que su atribulada existencia le ha concedido hasta ahora. No camina desamparada, su determinación es su mejor compañía y la mayor tranquilidad de los suyos. Si Córdoba fue la tabla de salvación a la que aferrarse, ahora, pisando firmemente la tierra de los hombres, Salima inicia una nueva andanza hacia un futuro económico más prometedor.
Este es el reportaje de la pequeña fiesta de despedida que le dimos el pasado 30 de abril. Todo un homenaje de admiración, y manifestación de nuestros mejores deseos para ella y los suyos, ante esta nueva etapa de sus vidas que ahora comienzan en L’ Ametlla del Mar.

Cuando intercambiamos apretones de manos, cuando competimos en carreras, cuando nos unimos para salvar a alguien en problemas, cuando gritamos en busca de ayuda en la hora del peligro... sólo entonces comprendemos que no estamos solos en la tierra (A. de Saint-Exupéry -Tierra de los Hombres-).


Aunque aquella noche la única protagonista de la historia debía ser Salima, quiso la familia acordarse de nuestro cumpleaños, por lo que Rheda y yo tuvimos nuestra tarta con sus velas y todo.

La perfección se alcanza no ya cuando no queda nada por añadir, sino cuando no queda nada por suprimir (A. de Saint-Exupéry -Tierra de los Hombres-).





Lo maravilloso de una casa no estriba en que nos abrigue o en que nos proporcione calor, ni en poseer sus paredes, sino en que ella, lentamente, ha ido depositando en nosotros tales provisiones de amor, ha ido formando en el fondo de nuestro corazón ese macizo oscuro del que brotan, como el agua de una fuente, los sueños (A. de Saint-Exupéry -Tierra de los Hombres-). 












Ser hombre significa ser responsable (A. de Saint-Exupéry -Tierra de los Hombres-).

Y aquí tenéis el enlace para ver todas las imágenes de aquella noche, las que aparecen en este artículo y algunas más, hasta un total de 60 fotografías, incluso algún vídeo.


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