jueves, 27 de febrero de 2020

¿Quién nos iba a decir entonces que aquel viaje a Valencia iba a ser el último en mucho tiempo por eso del coronavirus? Cómo ha cambiado el mundo, nuestras vidas en estos once meses que he tardado en publicar este artículo. Con todo, la ignorancia de lo que se nos venía encima nos permitió disfrutar sin reservas de los cuatro días que estuvimos en la capital del Turia. Valencia es una ciudad que a uno siempre le había llamado la atención, a la que desde hace mucho tiempo tenía ganas de ir. A parte de visitar una ciudad cuyos atractivos turísticos nos llamaban la atención, en esta ocasión nos movía un deseo especial: probar la auténtica paella valenciana. Y a fé que mereció la pena. ¿Quién me iba a decir entonces que el querer emular uno de los arroces que comimos allí, iba a ser el origen de una nueva afición para mí: la cocina.
Este es el reportaje de aquel viaje.

Primer día en Valencia
27 de febrero de 2.020
Nos hospedamos en el hotel Malcom and Barret, ubicado al sur de la ciudad. Una línea de autobús nos dejaba en la estación del Nord, la histórica estación de Valencia-Término; un buen lugar para comenzar nuestras rutas por el centro de la ciudad.
Iniciamos nuestro primer paseo y el primer lugar de interés que nos encontramos fue la plaza del Ayuntamiento.
Nuestro paseo continuó por los exteriores del Mercado Central, ya cerrado a la hora que pasamos por allí.
En el siglo XII Valencia gozaba de la prosperidad que le proporcionaba su puerto, punto importante de paso de muchas de las mercancías que entraban en la península. Fruto de aquel esplendor se construyó la Lonja de la Seda, un edificio singular de estilo gótico-civil, destinado a realizar las transacciones económicas del trasiego mercantil de la ciudad, principalmente de carácter textil; de ahí su denominación. Aunque también es conocida como Lonja de los Mercaderes.
Sala de contratación, también conocida como salón columnario, pro sus características columnas estriadas
Esta es la sala del Consulado del Mar donde se dirimían cuestiones de índole comercial y marítimas.
En la carpeta de Google Drive tenemos más fotos del monumento, pero yo sólo voy a añadir al reportaje esta de Marián en el patio de los naranjos de aquel edificio mercantil.
Luego visitamos la plaza Redonda de Valencia, un singular enclave urbano en el que todos los bajos son comercios tradicionales de artesanía, encajes, bordados y recuerdos. 
Una parada obligada, programada especialmente, esperada, en una horchatería valenciana. Elegimos la horchatería Santa Catalina, por su ubicación y referencias. La horchata con fartons nos supo a gloria.
Continuaríamos nuestro primer recorrido turístico en Valencia visitando el museo de la Cerámica y de las Artes Suntuarias, ubicado en el palacio del marqués de Dos Aguas. La visita nos muestra, pues, las lujosas salas de un soberbio palacete, en el que además del mobiliario y su arquitectura (solerías, artesonados, paredes) pueden apreciarse prendas de vestir y objetos de gran valor, expuestos en sus diferentes salas.
Cocina del palacio.
Después de aquella visita, iniciamos nuestro penúltimo paseo de aquel día, pasando por enclaves como éste, entre la catedral y el arzobispado.
Nuestra última visita del día sería a la basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, patrona de valencia.
Para acabar el día, nos dirigiríamos al Mercado Colón, trayecto en el que nos encontramos con esta vista de la torre de Santa Catalina.
Y con la plaza de la Puerta del Mar, donde se encuentra esta reproducción de la vieja Puerta del Real.
Y este es el Mercado Colón, un antiguo mercado, reconvertido en enclave gastronómico y de ocio, al modo del Mercado Victoria para nosotros. Allí, con no mucha fortuna, escogimos un lugar donde picar algo, a modo de cena, y buscar una parada de bus cercana que nos devolviese al hotel y dar por concluido nuestro primer día en Valencia.

Pero del primer día en Valencia tenemos más fotos, que podéis ver en este enlace:

Segundo día en Valencia
28 de febrero de 2.020
A la mañana de nuestro segundo día en Valencia, volvíamos a nuestro punto de partida: la estación de Valencia del Nord. Aunque en esta ocasión, al tener todo el día para nosotros, íbamos a detenernos a visitar el interior de esta antigua terminal de ferrocarril.
Había un interés específico en visitar Valencia-Término, como se conocía antiguamente esta estación. Hoy en día, el viaje Barcelona-Córdoba, se hace por Madrid, vía AVE, en poco menos de 5 horas; pero a principio de los años ochenta, cuando Marián y yo realizamos aquel trayecto un sinfín de veces, el viaje podía durar más de 15 horas. Aquel tren, "el Catalán", como era conocido popularmente, entraba en Valencia-Término, donde realizaba una parada prolongada, pues cambiaba el sentido de la marcha y por consiguiente de locomotora. Siempre me decía "A ver si esta vez aprovecho la parada para apearme y conocer la estación". Pero, tanto a la ida como a la vuelta, el tren tenía su hora de llegada en mitad de la noche, en pleno amodorramiento o letargo, y nunca me desvelé lo suficiente como para cumplir aquel propósito. Una oportunidad perdida que cuando me trasladé a Madrid, se me clavó como una espinita que cicatrizase sin dolor, pero imborrable de la memoria. Tenía una pequeña necesidad de conocer aquella estación y ahora, más de treinta años después, por fin, la iba a conocer.
Aunque los tiempos han cambiado muchísimo, a un ferroviario o antiguo usuario del tren no le cuesta trabajo rememorar o imaginar la estampa ferroviaria, tan diferente, que ofrecía aquella estación en los tiempos que he rememorado en el comentario anterior.
Antigua sala de espera de la estación. Preciosa.
Después de tan evocadora visita, iniciamos nuestra ruta del día.
Esta es la calle de la Paz, una de las principales arterias comerciales y arquitectónicas de Valencia.
Plaza de la Reina, con la catedral y el Miguelete al fondo, nuestras siguientes visitas.
Puerta principal de la catedral, conocida como puerta de los Hierros.
Erigida entre los siglos XIII y XV, en la Seu de Valencia  predomina el estilo gótico. Está dedicada a la Asunción de la Virgen.
Capilla de San Pedro.
El retablo mayor es, en realidad, un armario que oculta el lugar donde se hallaba el retablo original, una obra renacentista en plata, realizada entre 1.492 y 1.507, que fue fundida en 1.812, para costear la guerra contra Napoleón.
Esta es la capilla del Santo Cáliz, reliquia que se conserva en la catedral de Valencia desde 1.437. Se trata de una copa de ágata, perteneciente al siglo I, la cual, según la tradición, es la que usó Jesús en la última cena.
La visita incluye el museo de la catedral, donde se guarda la custodia del Santísimo Sacramento, una rica obra de orfebrería realizada entre 1.945 y 1.954.
Esculturas originales que adornaban la puerta de los 12 apóstoles. En los años 60 del pasado siglo, la puerta tuvo que ser restaurada y las figuras fueron sustituidas por réplicas.
La visita siguió con la subida de los 214 peldaños que te llevan a la cúspide del Miguelete, desde donde hice algunas panorámicas de la ciudad.
El cimborrio de la catedral, visto desde el Miguelete.
Entrada a la basílica de la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia. Tras abandonar la catedral, iniciamos nuestro paseo por el centro de la ciudad.
Estábamos a 28 de febrero, a dos días de que Valencia iniciase su prolongado programa festivo de Fallas. Ignorantes de lo que se nos venía encima (lo del coronavirus) en Valencia ya se podía respirar el ambiente festivo, en el que la ciudad debía haberse visto inmersa durante algo más de medio mes. Nos encontramos con un par de valencianas que se hacían fotos vestidas de falleras, acompañadas por su madre. Amablemente, aceptaron fotografiarse con Marián.
Parroquia de San Nicolás de Bari y San Pedro Mártir, una joya arquitectónica, que conjuga de manera espectacular la arquitectura gótica y la decoración barroca.  Tras su restauración, en 2.016, es conocida como la capilla sixtina de Valencia; aunque, encajonada y semioculta entre edificios antiguos, tampoco sería desatinado llamarla la Tyn valenciana.
Aquella mañana también recorreríamos el antiguo barrio del Carmen, donde se encuentra la iglesia del Carmen o de la Santa Cruz. La iglesia se encontraba cerrada y sólo pudimos llevarnos un par de fotos de su fachada principal.

El último enclave arquitectónico que visitaríamos aquella mañana sería las torres de los Serranos, puerta fortificada de las antiguas murallas de Valencia.
Acababa la mañana, y con ella nuestra visita al centro histórico de Valencia. Se acercaba la hora de comer y el metro (en el que los ferroviarios viajamos gratis) sería el medio de transporte que no llevase hasta el distante lugar donde teníamos pensado satisfacer nuestro principal objetivo gastronómico de aquel viaje.
El lugar escogido era Casa Carmela, un famoso restaurante ubicado en la playa de la Malvarrosa, donde habíamos reservado mesa para comer.
Bueno, a parte de conocer una ciudad que desde la juventud tenía como una asignatura pendiente, la otra motivación principal de aquel viaje era probar la auténtica paella valenciana. Un buen arroz se puede preparar de muchas maneras, pero la paella, sin entrar a cuestionar los gustos de cada cual, es única y sólo puede probarse en Valencia, creo. A nosotros, por lo menos, nos encantó.
Después de tan rica y opípara comida, nos dimos un paseo por la playa de la Malvarrosa, antes de coger un autobús que nos llevase hasta la Ciudad de las Ciencias, nuestro último destino de aquel día.
Iba  a ser nuestro primer contacto con la Ciudad de las Artes y las Ciencias, aunque en realidad, a excepción del Hemisfèric, la visita en sí al complejo cultural la teníamos reservada para el día siguiente. Aquella tarde buscábamos otra cosa. 
Aunque sí aprovechamos para recrearnos en las vistas que ofrece el conjunto arquitectónico.
En uno de los pabellones de la Ciudad de las Ciencias se exponían los ninots propuestos por las comisiones falleras para ser indultados. Al final todos escaparon de las llamas, pues las Fallas fue la primera de tantas fiestas que han tenido que ser suspendidas en todas partes por causa del coronavirus.
Aquí dejo algunas fotos de nuestro paseo por la exposición.
Nuestra primera visita a la Ciudad de las Ciencias la completamos asistiendo a una proyección en el Hemisfèric: un documental sobre la misión Apolo XI.
Despacito, ya de noche, nos fuimos dando un paseo hasta el hotel, que no quedaba muy lejos de allí.

Pero del segundo día en Valencia tenemos más fotos, que podéis ver en este enlace:

Tercer día en Valencia
29 de febrero de 2.020
Nuevo día en Valencia, que íbamos a dedicar íntegramente a la Ciudad de las Ciencias. Este es el Umbracle, un espacio ajardinado de más de 17.000 metros cuadrados de extensión.
Desde el Umbracle hasta el museo de las Ciencias, nuestra primera visita, había un largo y agradable paseo, que aproveché para hacer algunas fotos de las vistas.
El museo de las Ciencias se encuentra en un amplio edificio, donde puede visitarse una buena cantidad de exposiciones, tanto permanentes como temporales, muchas de ellas interactivas.
El péndulo de Foucault no podía faltar.
Como tampoco podía faltar una amplia exposición sobre la evolución de la especie humana.
El misterio de la vida también está ampliamente desarrollado en la exposición.
Una maquinita da significado a un verbo que ella misma construye con tu nombre.
Ver nacer pollitos es otra de las atracciones del museo. El que ya tiene plumillas debía sentirse todo un adulto, por la manera que animaba al otro a acabar de romper el cascarón. Todo un espectáculo; al menos si no te haces ningún planteamiento ético.
El Mediterráneo también tiene su espacio en el museo.
El legado de la ciencia nos documenta sobre la importancia de la labor realizada por nuestros más insignes científicos.
Marte nos es presentada como un sueño, que algún día se hará realidad,
A otro sueño, éste ya cumplido, se refiere el espacio dedicado a la conquista de la Luna.
Siguiendo nuestra visita, nos fuimos encontrando con cosas curiosas.
Marián, a la izquierda de la imagen, de tertulia con dos habitantes del museo.
El Oceanogràfic ocuparía nuestra última visita en la Ciudad de las Ciencias.
El Oceanogràfic es un conjunto de ecosistemas adecuados a las diferentes especies que allí pueden admirarse. Desde aves acuáticas de diversa índole hasta toda clase de peces y seres del mundo submarino, repartidos en diferentes acuarios, siendo uno de ellos el de mayor dimensiones de Europa.
Túnel del acuario principal del Oceanogràfic, donde puede experimentar la sensación de verte inmerso en un mundo submarino por donde vagan las especies más fascinantes de los mares.
La ballena beluga también tiene su acuario específico.
Las últimas imágenes de la zona de los acuarios están dedicadas a las medusas.
Aunque puesta al final, para no romper la unidad del reportaje, a media tarde salimos un rato de los acuarios para ver el show de delfines. Aquel día, como los demás, nos recogimos bastante tarde, cansados pero contentos.

Pero del Tercer día en Valencia tenemos más fotos, que podéis ver en este enlace:

Cuarto día en Valencia
1 de marzo de 2.020
Aquel día dejamos temprano la habitación del hotel y el equipaje en consigna. Nuestro tren de regreso a Córdoba tenía su salida después de las 5 de la tarde y el plan era: aprovechar la mañana para ver alguna cosa que nos había quedado pendientes, comer por segunda vez arroz en Valencia, recoger el equipaje y dirigirnos a la estación para tomar nuestro tren de vuelta. Luego, este plan se vio sensiblemente alterado; pero en todo caso, el día lo empezamos visitando el museo de la Seda.
Bajo el nombre de "Colegio del Arte Mayor de la Seda", este museo se encuentra ubicado en un antiguo edificio del siglo XV. Se trata de una antiquísima institución, que tenía la función de regular el oficio y la producción de tejidos de seda. Como museo, se encuentra abierto al público desde 2.014. En él pueden contemplarse ricas obras elaboradas en seda, un importante fondo documental, útiles de un taller de seda y y recreaciones de escenas de época, que te permiten conocer la importancia que tuvo aquel tejido para la economía de Valencia.
Aquel día, debía haber sido el primero del amplio programa de actos festivos organizados para las fallas de 2.020. Pero el coronavirus obligó a suspender toda la programación desde el día siguiente, incluida la cremà. En todo caso, ignorantes de lo que se nos venía encima, tomamos aquel día festivo como un regalo extra de nuestro viaje.
Lo primero que nos encontramos fue un pasacalles de bandas de música, que recorrían las calles del centro.
También nos encontramos con escenas como esta, valencianos preparándose para vivir sus fiestas a su manera.
Repetimos visita a la horchatería Santa Catalina.
A medida que avanzaba la mañana, Valencia iba llenándose de gente, que se dirigían hacia la plaza del ayuntamiento, donde tendría lugar la mascletà.
También aproveché para hacer unas fotos de la puerta de los apóstoles, una de las más atractivas e interesantes de la catedral. A parte de su valor arquitectónico, aquí se reúne todos los jueves el Tribunal de las Aguas, compuestos por los síndicos de las respectivas comunidad de regantes, para dirimir los conflictos entre los agricultores. No se sabe su origen, hay quien lo data en la época romana, pero sigue conservando su jurisdicción original. Su funcionamiento es exclusivamente verbal.
Nos acercábamos a la plaza del Ayuntamiento y teníamos que cruzarla, lo cual se iba a convertir en una Odisea. Una compactada bulla se congregaba allí para asistir a la primera -y a la postre única- mascletà de las Fallas.
No nos interesaba quedarnos en el meollo, pues al término de la mascletà teníamos el tiempo justo de comer, volver al hotel a recoger el equipaje y llegar a la estación para coger el tren. La experiencia fue asombrosa. Una mascletà no es la más bestial traca de petardos que puedas imaginarte, sino el ruido hecho sinfonía. No encuentro mejor manera de explicar lo que sentí.
Nos íbamos a despedir de Valencia con un nuevo homenaje gastronómico. En esta ocasión elegimos el Racó del Turia, donde dimos cuenta de un rico arroz del senyoret, como plato principal. Este arroz tiene mucho que ver con mi última afición (enjote, que diría Sara): la cocina.
A eso de las 5 de la tarde llegábamos a la estación del AVE, donde poco después tomaríamos nuestro tren de regreso a casa, como siempre, cansados pero contentos.

Pero del cuarto día en Valencia tenemos más fotos, que podéis ver en este enlace:

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