Chipona en septiembre (otra vez)
Nos gustó la experiencia del año pasado y en 2024 hemos vuelto a cogernos un apartamento en Las Sirenas, para pasar la primera quincena de septiembre en Chipiona. Habiendo buscado en esta ocasión con más tiempo y detenimiento, el apartamento estaba mucho mejor que el del año pasado. un sexto reformado, con una vista panorámica que abarcaba desde el santuario hasta el faro. Unas buenas vacaciones, durante las que disfrutamos mucho, además de la familia, del tiempo, del mar, de la playa, del pueblo y de las exquisiteces que allí tienes tan a mano. Dejo unas fotos, hechas con el móvil, para el recuerdo.
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Siempre que voy a Chipiona, una de las primeras cosas que hago es marcar en el calendario de mareas los días fastos para saltar allende el muro del corral Mariño, tabernáculo familiar donde el recuerdo de quienes fuimos se conserva inmutable, a salvaguarda de las mudanzas operadas posteriormente en nosotros y nuestra circunstancia; inmensidad señera donde el viento suave y el reposado oleaje de la bajamar nos arrullan y abrazan tutelarmente, como a un hijo suyo; miradero desde el que nuestros ojos cerrados nos muestran un ayer que se fue para siempre, que sabemos no volverá pero también que no olvidaremos jamás.
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| Las mareas marcan las horas en que puede visitarse el lugar, pero los momentos preferidos son, para mí, las mañanas, a primeras horas, y los atardeceres. Yo escogí un atardecer de los últimos días de nuestra estancia en Chipiona, aprovechando que la marea baja coincidiría aproximadamente con la hora de la puesta de sol. |
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| Allí donde todo es aire y agua -viento salobre que endulza mis labios, dulce ola que sala mis pies-, cuando la mar se dispuso a recuperar el terreno cedido en su último reflujo, se vio embestido por un viento repentino de levante, algo intenso, que lo obligó a encresparse apreciablemente para arremeter contra las rocas que debía cubrir con la nueva marea. La imagen desabrida y arrebatada que el mar ofrecía ahora, por su desacostumbrada impetuosidad, resultaba insólita para mí, que ya había vivido allí en muchas ocasiones anteriormente ese momento en que la marea retoma el camino de la pleamar. |
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| Hubo un momento de desconcierto: intuía que se me escapaba algo, que había algo... que estaba sucediendo algo insólito que yo no percibía. Estuve unos minutos inmóvil, contemplando, intuyendo, pero sin comprender. Luego, una sacudida súbita del entendimiento me hizo ver lo que estaba sucediendo, aunque sin poder interpretarlo. La mar creciente, la luna menguante, el sol de poniente y el viento de levante habían entablado un diálogo entre ellos. Aparentemente, ignoraban mi presencia, yo no podía comprender aquel lenguaje privativo, pero sabía que lo que decían me atañía particularmente. |
| Desconcertado, cerré los ojos e inspiré profundamente varias veces. Cuando volví a abrirlos, llegaba una nueva ola que, al romper contra la superficie rocosa, dibujó un efímero corazón de espuma blanca, a la vez que las arremolinadas aguas formaron sobre la parte superior una oquedad estrecha, profunda y breve; justo en el mismo sitio donde aquel 19 de mayo las cenizas de dos almas, esparciéndose y sumergiéndose suavemente hasta desvanecerse y desaparecer de manera irrevocable, se reunían por disolución para siempre, ante nuestra afligida mirada, para toda la eternidad.
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| ¡Y tanto que me atañía! Sin desvelarme los entresijos de su habla, los elementos me permitieron entender. Me estaban transmitiendo un mensaje, del que no eran más que meros portadores; un mensaje profundo y taciturno: "Algo a ellos no les gusta".
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| Imaginé que de las profundidades ascendían unos pétalos de rosa rojos, que, mecidos por el vaivén de la oscilante corriente marina, volitaron, como a un metro de la superficie, durante unos segundos, para sumergirse y desvanecerse poco después.
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| Tras esta visión, el viento ruló a poniente suave y la mar acomodó su cadencia para que la marea, sin dejar de crecer, fuese cubriendo el terreno de manera inexorable pero no tan impetuosa como antes.
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| -Hay algo que a ellos no les está gustando- me dije.
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| Fin del cuento. |
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| Antes eran esquivas, se amedrentaban en cuanto veían que me acercaba, con mi cámara de fotos, y huían de mí antes de poder sacarle una foto que mereciese la pena. Pero ahora... han perdido el miedo y la vergüenza. |
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| Y dejo para el final esta foto hecha desde la terraza del apartamento. No es muy buena pero puede servir para hacerse una idea de las vistas que teníamos (el año que viene la sacaré en panorámica). |
Las fotos de este artículo, alguna más ya editada y las que vaya editando hasta finalizar el artículo podéis verlas en
este enlace de Google Drive. Y, como digo siempre, si queréis descargar alguna, mejor que lo hagáis desde el Google Drive que desde este artículo, ya que las de allí tienen algo más de resolución.
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